Sólo su nombre ya inspira su grandeza, su fuerza; independencia, furia y pasión. La mujer más bella, más incríble, elegante y querida que jamás hubieran conocido los protagonistas de esta película. Y sólo es una sombra.
Una sombra que atemoriza a los personajes constantemente, porque siempre está ahí, presente a todas horas, en cualquier lugar de la gran mansión, Manderley.
Así es el efecto Hitchcock, consigue sembrar la tensión y la intranquilidad con juegos de sombras, niebla, tensión, ruidos estratégicos y silencios que son aún peores. La presencia constante del ama de llaves de la mansión, adoradora de la antigua esposa del protagonista (Laurence Olivier), Rebecca, acosará a la nueva señora de Winter (Joan Fontaine), haciéndola comprender que no puede luchar contra el recuerdo de Rebecca, porque ella es inolvidable e insuperable (Tanto es así, que para reforzar esta sensación de sumisión ante la majestuosa estela que dejó Rebecca, el nombre del personaje de Joan Fontaine no se nombra en ningún momento durante la película).
Es impresionante que una película rodada en 1940 sea capaz de provocar tanta tensión y crear una atmósfera de angustia ante algo que ni siquiera se muestra. No es miedo lo que se siente, ni dan ganas de abrir puertas y ventanas o vigilar constántemente tu espalda; es simple estrés, tensión, intriga, puro suspense.
Aunque no sea una gran crítica ni sepa exactamente cómo incitar a ver una película... sólo diré que ésta es recomendable al cien por cien. Hay que verla, porque es una obra maestra.
Título: Rebecca
Año: 1940
Duración: 130 minutos
Director: Alfred Hitchcock
Premios: Oscar a la mejor película y a la mejor fotografía.






